Ascension Church

Homilías

Homilia, 16 de septiembre, 2018

 

I. Pasé el mes de octubre de 1991 en la unidad 6-A del Hospital de St. Joseph en St. Paul. Estaba hospitalizado por depresión. Estaba avergonzado de estar allí, especialmente porque los otros que estaban allí eran evidentemente peor que yo. Yo era más inteligente, más educado y menos loco de los demás: mejor que ellos. Cuando me quejé a una enfermera que yo necesitaba estar en un lugar con gente más parecida a mí, ella dijo algo que cambió mi vida. “Tienes razón. Usted no tiene mucho en común con los otros aquí. Pero lo que importa es lo que comparten: lo que ustedes tienen en común es su dolor”.

 

II. El sufrimiento es inevitable: ocurre a todo el mundo. Pero existe también un sufrimiento único que viene por ser un discípulo de Jesús. Es la consecuencia del amor, servicio, sacrificio y entrega por el bien del otro, y por el bien común.

 

La Iglesia, la comunidad parroquial en particular, es donde ponemos en práctica el servicio, sacrificio y entrega. Es donde estamos persuadidos a no caminar solo en esta vida. El teólogo Stanley Hauerwas dice que, al estar enfrentado con el dolor, no necesitamos una explicación, sino el amor. Jesús no resuelve el misterio del sufrimiento, pero inició una “comunidad de atención, de cuidado”, una comunidad en la que aquellos que sufren y aquellos que no sufren están unidos uno a otro. Tal comunidad absorbe el sufrimiento y sostiene el sufriente. Jesús nos dejó el ejemplo, y ahora, nos toca a nosotros. Él nos ha confiado su ministerio de ser una “comunidad de atención”, lo cuál se realiza a través de la conciencia y entrega de cada uno de nosotros. El sufrimiento puede unirnos más a los demás y con Dios. Lo que tenemos en común es nuestro dolor.
III. Aquí en Ascensión, una de las necesidades más críticas es acompañar a nuestros hermanos inmigrantes en un tiempo difícil y aterrador. También hay que apoyarnos los unos a los otros en la tristeza y el enojo mientras la Iglesia se enfrenta las consecuencias del abuso sexual por parte del clero y su encubrimiento. Además, estamos llamados a acompañarnos el uno al otro a través del dolor que cada uno de nosotros sufre por vivir nuestro propio camino en nuestras propias vidas. No es una cuestión del fuerte ayudando al débil, de la persona con más recursos ayudando a la persona con menos. Es ser compañeros. Lo que tenemos en común es nuestro dolor.
Ser parte de cualquier comunidad, especialmente una comunidad multicultural, cuesta algo. Hay que ponerse de pie con los demás en sus luchas y preocupaciones aunque podrían ser muy diferentes de las nuestras. Esto significa servicio, sacrificio y entrega. Esto significa perder nuestras vidas por la causa de Jesús y del Evangelio para que todos puedan ser salvados.

 

 

 

Homilia, 9 de septiembre, 2018

 

I. Todo nosotros tenemos algunos miedos: el miedo de arañas, serpientes o ratas, por ejemplo. Miedos más profundos, tal vez: como el miedo del estado general del mundo que estamos dejando a nuestros hijos y las generaciones futuras. A veces me siento que mis miedos me roben de la esperanza.
Isaías, en sus palabras de la primera lectura, nos dice, “¡Ánimo! No teman.” Y sigue describiendo que los ciegos pueden ver; los sordos, oír; los mudos, cantar; y los cojos, saltar, si verdaderamente confiamos en Dios Salvador. Yo creo en estas palabras, pero, sí, falto fe en ellas. En mi rezo diario, pido al Señor día tras día por más confianza en El y su plan para mí y el mundo. Necesito y quiero que mis oídos, mis ojos y mi corazón estén más abiertos.

 

II. La poeta Rainer Rilke dice que el viaje del bebé desde el vientre a la conciencia humana, y su rescate del miedo y el caos del nuevo mundo que lo rodea, depende de la voz de la madre: sus sonidos amorosos y cadencia suave, sus palabras consoladoras, sus caricias verbales.

 

El cristianismo es un tipo de “lengua materna”. Más allá de mera instrucción, los resultados más duraderos del cristianismo, son los efectos de palabras y obras que ayudan a construir un mundo más valiente, noble, y verdadero. La teología es importante—pero aún más importante y fundamental es la manifestación de la voz de Jesús: sus sonidos amorosos y cadencia suave, sus palabras consoladoras, sus caricias verbales.

 

III. Con un gemido y un toque, Jesús comparte su fuerza estable y suave con el hombre en el evangelio de hoy por abrir sus oídos, aflojar su lengua, y disminuir su miedo. Asimismo, con palabras ternuras y compañeros compasivos, un pedazo de pan lleno del Espíritu y un sorbo de vino, Jesús comparte esa misma fuerza suave con nosotros—restaurándonos, tranquilizándonos, reconciliándonos. Él abre nuestros oídos, mentes y corazones, se afloja nuestras lenguas, disminuye nuestro miedo. Él nos sana por rescatar a nosotros desde el caos de la vida. Confiemos en Él.

 

“¡Effetá! Ábrete!”

 

Homilia, 2 de septiembre, 2018

 

I. Cada año, necesito dejar todo y renovarme por medio de un retiro personal. La semana pasada estuve en Saint Mary’s Abbey, un monasterio benedictino en Morristown, New Jersey, cuando el escándalo de abuso sexual del clero en este país se convirtió en un espectáculo más lamentable. Un informe acerca de la crisis en el estado de Pennsylvania reveló que el más alto nivel de las autoridades de la Iglesia son acusados por otras autoridades de la Iglesia de enormes encubrimientos. Por el otro lado, las mismas autoridades dicen que no supieron nada. El día de hoy, me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la situación.

 

II. Un sacerdote que conozco, quien se describe a sí mismo como profundamente entristecido y consternado, escribe,

Creo que no es posible exagerar la profundidad de la crisis que enfrenta la Iglesia en los Estados Unidos—una crisis que es el fruto del abuso de poder, el clericalismo, el arribismo, la ausencia de responsibilidad, y la inmoralidad.

Yo también estoy profundamente entristecido y consternado, pero también enojado. Estoy esperando que alguien diga, “Estoy tomando la responsabilidad de lo que hice, o no lo hice. Es mi culpa y lo siento”. También estoy esperando que alguien diga, “Aquí hay una propuesta para que caminemos adelante”.

 

III. Me gustaría proponer una forma en que nosotros podamos caminar adelante. Aquí en la Ascensión, vamos a reunirnos para lo que estamos llamando un “Círculo de Sabiduría” el sábado 22 de septiembre, de 9:00 a 11:00 a.m. Proporcionará un espacio seguro, un santuario, para que todos puedan compartir y discutir nuestros pensamientos y sentimientos sobre la crisis actual. Después, mandaremos las notas de nuestra conversación al Arzobispo Hebda y otros líderes de la Iglesia.

Quizás pudiéramos querer que las palabras duras de Jesús a los hipócritas líderes en el evangelio de hoy sean dirigidas a un sacerdote u obispo hipócrita aquí hoy en día, pero eso no es suficiente. No solamente tenemos que expresar nuestras preocupaciones. También, tenemos que reclamar la responsabilidad y sabiduría para proponer un camino hacia adelante a través de esta crisis: un camino para los líderes de la Iglesia, y también un camino para nosotros.

 

IV. Y ésta es la fuente de nuestra sabiduría: el Espíritu, el Espíritu Santo, que habla a través de ustedes en virtud de su bautismo. Toda práctica religiosa y las prácticas religiosas deben estar subordinadas a conocer a Cristo Jesús y encarnar a él en el mundo. No podemos permitir que la religión se obstaculiza el camino de Dios. Ninguna persona, ninguna cosa, ninguna regla—la suya, la mía o la de ellos—nada puede reemplazar a Jesucristo como el objeto de nuestra fe y fuente de nuestra adoración. Cuando la religión se obstaculiza el camino de Dios, cuando es moldeada y deformada para satisfacer sus preferencias personales y posiciones, la religión se convierte en idolatría. “La religión pura”, Santiago dice hoy, es cuidar de la viuda y el huérfano, los pobres y los vulnerables—y yo añadiría el cuidado y la protección del inmigrante. “La adoración verdadera” nos faculta para la compasión y el servicio. De nuevo, San Santiago:

“Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos …pongan en práctica esa palabra”.—esa palabra.

 

 

Homilia, 19 de agosto, 2018

 

I. Hace algunos años, un grupo de hermanas estadounidenses viajaron a Guatemala para comenzar a trabajar como misioneros. Al llegar, estaban abrumados por la pobreza y  la violencia que vieron. El efecto de su encuentro con aquella realidad era evidente para aquellos que vivían allí. Reconociendo su dolor, los residentes dijeron a las hermanas que fuera mejor si se fueran a casa. “Váyanse a casa y aprendan como tener esperanza”, aconsejaron. “Cuando nos puedan traer esperanza, luego regresan”.

 

II. En su primera carta a diversas comunidades cristianas, San Pedro aconseja, “Estén siempre dispuestos para dar una respuesta a quien les pida cuenta de su esperanza”.

Últimamente, parece, mi esperanza ha sido un poco tambaleante. Algunos días me he preguntado a mi mismo si no debo ir a casa y aprender a tener la esperanza y luego, volver.
Me siento así especialmente después de celebrar la Misa de las 11:30, si tuve una palabra de esperanza para Ustedes. Con sus redes familiares amplias, todos son afectados por la amenaza diaria de detención o deportación, aterrados ante la posibilidad de ser separados de sus familias.
Mi esperanza se tambaleó esta semana después del lanzamiento del informe del gran jurado de Pensilvania sobre el abuso sexual del clero. Aunque no querría hacerlo, leí el informe para estar indignado y entristecido y asqueado por el contenido. ¿Cómo mantengo la esperanza en la Iglesia y en la sociedad donde los sacerdotes y los obispos son más importantes que los niños, donde los ricos son más valiosos que los pobres, donde las vidas de personas con el color de piel blanca son más importantes que las personas con la piel negra y marrón?

 

III. “Darles cuenta de su esperanza”.

El jueves pasado, me reuní con Catalina Morales, quien trabaja con ISAÍAS, una organización dedicada a entrenar y organizar personas de comunidades de fe para luchar y lograr el bienestar en su comunidad local. Reunimos para discutir estrategias para que sacerdotes católicos participen más activamente en la promoción y acompañamiento con los inmigrantes indocumentados. Catalina, ella misma, es una inmigrante mexicana indocumentada con un status de DACA,
y le pregunté a ella qué le da esperanza en este tiempo de tanta desilusión y desesperanza. Ella respondió, “La comunidad. Cuando recuerdo cuántas personas que están realmente intentando construir una comunidad, esa es la comunidad de Dios”.

 

IV. “Darles cuenta de su esperanza”.

El teólogo Stanley Hauerwas escribe,
Si el cristianismo [tiene] algún sentido, debe ser por algo que ver con comer esa comida.

Jesús nos advierte hoy de no conformarnos con maná—algo temporal, no permanente—cuando hay algo mucho mejor que se ofrece: verdadera comida y verdadera bebida. Esperamos que muchas cosas, o ideas, o drogas, satisfagan nuestros anhelos más profundos—pero estas cosas van y vienen. Lo que sólo responde a nuestra hambre más profunda es una relación íntima, una relación viva con Jesucristo. Las cosas cambian, las cosas no cambian; las personas van y vienen; sacerdotes y obispos pueden ser monstruos. Una relación con Jesucristo íntima y viva es como una roca, y nos establece en medio de tales variables no permanentes y cambiantes.

 

V. En mi Primera Comunión, aprendí que algunos de los momentos más sagrados durante la celebración de la Santa Misa son los pocos minutos después de la comunión, cuando todo el mundo está más o menos guardando silencio. Es el momento en que permitimos que el Cuerpo y la Sangre de Cristo sean absorbidos en nuestra fibra; cuando, según Andre Dubus, “gustamos y masticamos y tragamos la intimidad de Dios”. En la “Sagrada Comunión”, ingerimos la esencia de Jesucristo, su Palabra y su Sabiduría: el hecho que el amor divino transforma la muerte en vida. Esa es verdadera comida. Esa es bebida verdadera. Esa es la esperanza verdadera: vida.

 

 

Homilia, 12 de agosto, 2018

 

I. Hace unos años, tuve el privilegio de visitar el pueblo de San Lucas Tolimán en Guatemala, que a propósito es el pueblo natal de la directora de música de nuestra misa en español, Chiqui Ryan. En los senderos rurales fuera del pueblo, veía a algunas mujeres, con sus bebés atados en sus espaldas, acercar la camión de la misión para recoger un saco de grano. Ocasionalmente, una bolsa estallaría, derramando su contenido en el suelo. Las mujeres rápidamente, pero con calma, se agachaban y rescataban desde el polvo todos los granos hasta que llenaron sus bolsillos. Luego lamían sus dedos, y recogían lo que quedaba. Sin mirar por encima de sus hombros, pusieron sus dedos granulosos atrás en las bocas de sus hijos para que nada se perdiera. Estas madres llamaban este convite inesperado, “pan del cielo”: la providencia de Dios, el trabajo de los ángeles.

 

II. Algunas personas ocasionalmente tienen ataques de cinismo y melodrama que, cuando tienen que avanzar en lo que puede ser circunstancias difíciles, podrían murmurar, “Prefiero estar muerto”. Escuchamos lo mismo de Elías hoy. Gime, “¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida!” Y realmente quería morir: ora por la muerte. Sin embargo, recibe un pastel y una jarra de agua. Fortalecido por la comida, él recibió también la valentía de seguir adelante a través de otros cuarenta días y cuarenta noches:
la providencia de Dios, el trabajo de los ángeles.

 

III. Hay momentos cuando nosotros también hemos gemido, “Basta, Señor. No aguanto más.” Puede ser cuando tenemos hambre y sed, cuando nos sentimos solos, cuando estamos totalmente gastados y somos peregrinos cansados.
Las noticias están llenos de las separaciones de familias en la frontera, pero no hay que ir tan lejos. Casi todos nosotros aquí nos conocemos a gente de esta comunidad y otras que han experimentado y ¡están experimentando! el dolor de la separación de seres queridos. Ahora, la oficina de inmigración de St. Paul, que atiende a cinco estados en el medioeste, es número tres en la nación para las detenciones de ICE. ¡72% más detenciones en este año que el año pasado! Como Elías, es posible que sólo queremos morir. Así, hemos venido aquí—no porque hay soluciones fáciles que se pueden encontrar. Pero aquí, en comunidad y en la compañía de otros peregrinos que también sufren, podemos eludir y aún escapar de la muerte. Aquí, nosotros vemos la bondad del Señor, la solidaridad de esta comunidad; nos encontramos el pan de vida, y el coraje para seguir adelante—si tan sólo para hoy.
Si Dios puede usar un saco de grano, o una torta y agua, o pan y vino para lograr su voluntad, seguramente puede usar nosotros, la gente común, también. Hoy, extiendo una invitación a los ciudadanos estadounidenses en nuestra comunidad a considerar de proveer acompañamiento— de ser un acompañante a nuestros hermanos inmigrantes. El acompañamiento nos conecta con los miembros de nuestras comunidades que, por razones de su estatus migratorio, tienen que presentarse a ICE, aparecer en la corte de inmigración, o solicitar acompañamiento para otros encuentros civil o penal. Habrá entrenamiento para los que quieren ser acompañantes el miércoles, 22 de agosto, en la tarde, y por la mañana, el sábado, 8 de septiembre. Hable con Tammi o llame la oficina para registrarse.
Es posible que, para algunos personas, lo que hacemos aquí, semana tras semana, no parezca mucho. Para nosotros, los creyentes, no es nada menos que la providencia de Dios, el trabajo de los ángeles.

 

 

Homilia, 5 de agosto, 2018

I. Mi madre era una gran cocinera polaca. Sin embargo, una de sus especialidades, extrañamente, fue chow mein: lleno de carne, pollo, y puerco, apio verde crujiente, champiñones, en salsa marrón, ligeramente dulce. Desde que murió mi madre hace 15 años, he deseado con ansia ese plato, así como la sopa de patatas y tortitas de patatas, pierogi y pączki, y otras comidas altas en carbohidratos. Yo he sobrevivido, y mantengo mi peso, pero siento hambre de ese “algo más” que es su cocina, comida diferente a todo lo que he encontrado en ningún otro lugar: “comida de alma.”

 

II. La palabra en Arameo, “maná,” significa, literalmente, “¿Qué es?” “¿Qué es esto?” Los israelitas no tenían ni idea de qué era la cosa, pero se lo comieron porque tenían hambre. Moisés les ayudó a mirar más allá de lo que se habían recibido. Quiso que vieran la generosidad de Quien les dio de comer. Jesús también ruega a sus oyentes que no pensemos con nuestros estómagos. Quiere que abramos nuestros corazones y nuestras mentes a mirar más allá del signo, del pan, de ver a Él que nos lo da. Jesús transforma el deseo por pan a una oportunidad de enseñar acerca de otro tipo de comida. Es la fe en Jesús que satisface nuestras hambres más profundas: no podemos sobrevivir sin él.

 

III. La mayoría de las veces, el apetito, los antojos, y el hambre, tienen poco que ver con nuestros estómagos. Todos tenemos un corazón hambriento. Esto explica nuestro apetito por el pan de la Eucaristía. Mientras que la comunión se basa en creencias comunes, compartimos y celebramos aquí algo más allá de la doctrina; mucho más que un signo es revelado aquí. Aquí saboreamos, nos alimentamos con la presencia de Dios. Aquí encontramos a Jesucristo. La comida aquí es diferente a toda lo que encontramos en cualquier otro lugar. Comulgamos, comemos el Cuerpo de Cristo, para que podamos alimentar a otros. Es mantenernos y alimentarnos para que Jesús sea más presente a los demás.
La Eucaristía: ¿Qué es? ¿Qué es esto? “El pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo.”
s/s: Monika Hellwig

Homilia,22 de julio, 2018

 

I. El autor/teólogo Frederick Buechner escribe,

La compasión es la capacidad a veces fatal de sentir lo que es vivir dentro de la piel de otra persona. Es el conocimiento de que nunca puede haber paz ni alegría para mí hasta que haya paz y alegría para ti también.

Vivir dentro de la piel de otra persona: ¿Cómo es tener piel negra o morena o blanca? O, ¿cómo es ser el padre de un niño con una enfermedad fatal? ¿O el hijo de un inmigrante indocumentado? ¿Cómo es ser alguien sufriendo con ansiedad severa o depresión? ¿La víctima y sobreviviente de abuso sexual?

 
Mejor que cualquier otro, Jesús sabía lo que era vivir dentro de la piel de otra persona. El verbo griego utilizado en el evangelio de hoy para describir como se sentía—splanchnizomai—es traducido amablemente como “movida por la compasión”. Splanchna son los intestinos, vísceras, tripas. Jesús conocía el dolor de los demás en una manera profunda. En inglés, se describe la emoción como “gut-wrenching”.

 

II. Jesús fue movido a compasión cuando, en el evangelio de hoy, él vio a aquellos en necesidad de atención, de protección, de dirección. La palabra “compasión” significa “sufrir con”, sufrir juntos. Como todos sabemos, no es algo fácil de hacer pero la Eucaristía nos capacita a sufrir con los demás. Entonces, tenemos que pausarnos un momento y reflexionar: ¿Nos conmueve esta comunión, nuestra comunión? ¿Nos lleva a la compasión? No es la persona que se encuentra en la banca todos los domingos la mejor juez de la eficacia de nuestra liturgia eucarística.

 

Es el padre del niño gravemente enfermo, el hijo de un inmigrante indocumentado, el sobreviviente de abuso sexual, la gente más allá de este santuario son quienes van a mostrarnos la eficacia de nuestra eucaristía. La gente en necesidad de atención, de protección, de dirección nos llama a darse cuenta de su sufrimiento y responder. ¿Experimentan ellos la compasión de nuestra comunión?

 

III. Lo que todos podemos ofrecer a alguien que sufre es nuestra presencia, de permanecer con ellos en lo que podría ser un lugar incómodo. Los apóstoles se acompañaron a Jesús. Ellos tuvieron una comunidad y andaban juntos, no solo. Nosotros también podemos ofrecer el amor encontrado en comunidad, el guía o compañerismo de un pastor o, por lo menos, la amistad de una oveja compañera.

 

 

Homilia,15 de julio, 2018

15B

7.15.18

 

 

  1. Cuando estoy preparándome para viajar, con todo el empacar y desempacar, siempre recuerdo este evangelio de “viajar ligeramente”. Al contrario del directivo de Jesús, siempre llevo demasiado. Siempre tengo dinero en mi cinturón y una tarjeta para usar en el ATM. Aunque me voy por una semana, llevo suficientes libros, calcetines y dulces para durar meses.

Siempre digo si tuviera que denunciar todas estas cosas, yo podría hacerlo. Sin embargo, la realidad es que, si Ustedes sean como yo,  nos aferramos a nuestras cosas terrenales en vez de confiar en el amor maternal y providencia paternal de Dios.

 

  1.               Además de aumentar nuestra confianza en Dios, hay otra razón para viajar ligeramente: si llevemos menos para el viaje, hay más apertura a aceptar lo que otros nos ofrecen en el camino. Estar necesitado nos ayuda a desarrollar la humildad de depender de otros, de ponernos listos para recibir lo que nos ofrecen—y no estoy hablando tanto del dinero o dulces (aunque estas cosas son siempre bienvenidos a este viajero), sino el conocimiento, la sabiduría y la gracia. La mayoría de las veces, quiero hacer algo concreto para la gente que sufren o quitar el temor que es muy palpable en la vida de muchos de Uds. Pero quizás, en vez de suponer cómo hacerlo, lo que necesito hacer, es admitir humildemente que no tengo el arreglamiento a mano.

Lo que puedo ofrecer a ustedes, y a cualquier persona cuya cultura o idioma o experiencia de vida es diferente de la mía, y especialmente a aquellos cuyo camino es difícil, es quedarme ahí en ese lugar incómodo, con mi compañerismo. Menos hablar y más escuchar. Lo que necesito aprender, aprenderé por acompañar en vez de guiar.

Jesús instruye a sus discípulos hoy: “Quédense hasta que se vayan”. Bueno, por supuesto. Tal vez lo que tengamos que hacer es simplemente quedarnos en el momento. Estar presente a las personas con quienes estamos en tal momento.

 

  1.             Hace algunas semanas mi brazo derecho estaba envuelto en una venda como yo había roto la muñeca. Yo estaba en la escuela cuando una niña de tercer grado—vamos a llamarla Ángel—se acercó a mí y quiso saber qué había pasado con mi brazo, si dolía mucho, etc. Le dije los detalles. Ella me acompañó por el pasillo y dijo, “A ver, yo le ayudaré”. Ella tomó mi brazo en sus manos y me llevó a su aula con mucho cuidado y seriedad. Que perfecto.

 

En cualquier circunstancia, quédense hasta que se vayan. Sencillamente, acompañémonos unos a los otros.

 

s/s: Henri Nouwen

 

Homilia, 8 de julio, 2018

 
I. Si tuviera que compartir con todos ustedes acerca de mis miedos, fracasos, ansiedades e inseguridades, es probable que dijeran, “O Padre, usted no está tan mal”. O, “Padre, no está tan mal”. Pero todos nosotros tenemos lo que San Pablo llama las “espinas clavadas en mi carne”. ¿No sería bueno si la iglesia fuera el lugar donde pudiéramos encontrar un método ingenioso de sacar las espinas sin dolor, donde pudiéramos descargarlas?
Pero no venimos aquí, semana tras semana, para arreglar cualquier problema o inseguridad o ansiedad que tenemos.
Lo que hacemos, y quizás lo mejor que podemos hacer, es señalar uno al otro donde está la ayuda verdadera, la ayuda radical que ninguno de nosotros podemos dar al otro. Nosotros no podemos ofrecer ayuda absoluta. No somos el ayudante seguro. Sólo podemos apuntar a Él y prometer que Él está allí. Jesús es nuestro compañero no sólo en nuestras luchas personales, sino ante de aquellos temas espinosos, a menudo abrumadores, que nos tratamos en comunidad: la pobreza y la desigualdad, el racismo que está arraigado en nuestra sociedad y en nosotros mismos,
y el desastre actual de nuestro deficiente sistema de inmigración, y el desastre actual de nuestro gobierno. ¡Qué débiles, qué impotentes podemos sentir en frente de todo esto! Qué imposible sería la vida si el Señor no estuviera con nosotros.

 

II. San Pablo “gloria” de sus debilidades—no porque la debilidad es glorioso, sino porque en las debilidades es donde el poder de Cristo se manifiesta en una forma más visible. Lo más vulnerables que somos, es más probable que busquemos el refugio en Dios. Cuando somos más débiles, experimentamos aún más la potencia de la gracia de Dios. En 2008, lo experimenté personalmente cuando pasé 28 días para el tratamiento de mi alcoholismo y adicción. Mi vida nunca había estado en tal caos, nunca había sido tan bajo. Al mismo tiempo, yo nunca experimentó la presencia del Señor más profundamente. Su gracia era suficiente. Vivir como discípulo de Jesús es una afirmación audaz.

El camino cristiano no es para mostrar lo fuerte que somos, sino si estamos lo suficientemente débiles. Mientras que nuestra impotencia—y nuestros miedos, fracasos, ansiedades e inseguridades—puedan parecer “espinas clavadas en la carne”, pueden ser nuestro camino hacia la salvación.

 

III. Me alegro de las debilidades… Prefiero gloriarme de mis debilidades…porque cuando soy más débil, soy más fuerte.

 

Se dice todo.
s/s: Michael Buckley, Richard Rohr

 

Homilia, 1 de julio, 2018

 

I. De vez en cuando me paseo por el cementerio de Santa María que queda enfrente de mi casa. Cada vez, me detengo a la tumba de mi hermano Jorgito, mi hermano mayor, que murió después de su primer cumpleaños. Ahora tendría 70 años de edad. Que mis padres tuvieron que enterrar a su hijo primogénito todavía lleva mi aliento.

II. Como la vida de su hija de doce años estaba en juego, un líder de la sinagoga angustiado y desesperado, abandona a su desdén por Jesús, el renegado, y le suplica su ayuda: “Ven, por favor, y pon tus manos sobre ella”. El toque de Jesús es para este líder, y papá, su última y mejor esperanza: su única esperanza.
Al mismo tiempo, una mujer con una hemorragia de doce años, en lugar de acercarse a Jesús para que le toque, lo toma sin preguntar. Ella presumió que Jesús no se atreviera a tocarla: después de todo, ella no había sido tocado durante doce años.
La sangre era la vida: una fuerza peligrosa, sagrada, preciosa.
Una mujer sangrante fue una mujer moribunda: ni ella ni una niña muerta serían tocadas porque eran inmundas, impuras.
III. Estos relatos fueron escritos décadas después de la muerte y resurrección de Jesucristo, cuando el Jesús terrenal ya no pudo ser tocado. Nuestros hermanos cristianos dejaron este testimonio para asegurarnos que cuando sufrimos una hemorragia — en cualquiera manera que la vida se vacía de nosotros—en la enfermedad, la angustia, la tristeza o la desesperación—Jesús todavía toca y sana. La comunidad cristiana que dejó su historia conocía la presencia de Jesús en la comunión. Sabía que el toque humano que comunica la providencia e inclusión divina sana. Juntos, en la comunión y en el sacramento, tocamos el divino, algo que raramente se logra en aislamiento.
Es cierto que esta tocada humana no siempre acabe con nuestro dolor, pero termina nuestra soledad.
Perennemente, buscamos alivio en muchas personas, lugares y cosas. Aquí y ahora, Jesús viene y pone sus manos sobre nosotros, y dice: “Niña, cordera pequeña, levántate”. El toque de Jesús es nuestro última y mejor esperanza: nuestra única esperanza.