Ascension Church

Homilías

Homilia, 1 de julio, 2018

 

I. De vez en cuando me paseo por el cementerio de Santa María que queda enfrente de mi casa. Cada vez, me detengo a la tumba de mi hermano Jorgito, mi hermano mayor, que murió después de su primer cumpleaños. Ahora tendría 70 años de edad. Que mis padres tuvieron que enterrar a su hijo primogénito todavía lleva mi aliento.

II. Como la vida de su hija de doce años estaba en juego, un líder de la sinagoga angustiado y desesperado, abandona a su desdén por Jesús, el renegado, y le suplica su ayuda: “Ven, por favor, y pon tus manos sobre ella”. El toque de Jesús es para este líder, y papá, su última y mejor esperanza: su única esperanza.
Al mismo tiempo, una mujer con una hemorragia de doce años, en lugar de acercarse a Jesús para que le toque, lo toma sin preguntar. Ella presumió que Jesús no se atreviera a tocarla: después de todo, ella no había sido tocado durante doce años.
La sangre era la vida: una fuerza peligrosa, sagrada, preciosa.
Una mujer sangrante fue una mujer moribunda: ni ella ni una niña muerta serían tocadas porque eran inmundas, impuras.
III. Estos relatos fueron escritos décadas después de la muerte y resurrección de Jesucristo, cuando el Jesús terrenal ya no pudo ser tocado. Nuestros hermanos cristianos dejaron este testimonio para asegurarnos que cuando sufrimos una hemorragia — en cualquiera manera que la vida se vacía de nosotros—en la enfermedad, la angustia, la tristeza o la desesperación—Jesús todavía toca y sana. La comunidad cristiana que dejó su historia conocía la presencia de Jesús en la comunión. Sabía que el toque humano que comunica la providencia e inclusión divina sana. Juntos, en la comunión y en el sacramento, tocamos el divino, algo que raramente se logra en aislamiento.
Es cierto que esta tocada humana no siempre acabe con nuestro dolor, pero termina nuestra soledad.
Perennemente, buscamos alivio en muchas personas, lugares y cosas. Aquí y ahora, Jesús viene y pone sus manos sobre nosotros, y dice: “Niña, cordera pequeña, levántate”. El toque de Jesús es nuestro última y mejor esperanza: nuestra única esperanza.

 

Homilia, 8 de julio, 2018

 
I. Si tuviera que compartir con todos ustedes acerca de mis miedos, fracasos, ansiedades e inseguridades, es probable que dijeran, “O Padre, usted no está tan mal”. O, “Padre, no está tan mal”. Pero todos nosotros tenemos lo que San Pablo llama las “espinas clavadas en mi carne”. ¿No sería bueno si la iglesia fuera el lugar donde pudiéramos encontrar un método ingenioso de sacar las espinas sin dolor, donde pudiéramos descargarlas?
Pero no venimos aquí, semana tras semana, para arreglar cualquier problema o inseguridad o ansiedad que tenemos.
Lo que hacemos, y quizás lo mejor que podemos hacer, es señalar uno al otro donde está la ayuda verdadera, la ayuda radical que ninguno de nosotros podemos dar al otro. Nosotros no podemos ofrecer ayuda absoluta. No somos el ayudante seguro. Sólo podemos apuntar a Él y prometer que Él está allí. Jesús es nuestro compañero no sólo en nuestras luchas personales, sino ante de aquellos temas espinosos, a menudo abrumadores, que nos tratamos en comunidad: la pobreza y la desigualdad, el racismo que está arraigado en nuestra sociedad y en nosotros mismos,
y el desastre actual de nuestro deficiente sistema de inmigración, y el desastre actual de nuestro gobierno. ¡Qué débiles, qué impotentes podemos sentir en frente de todo esto! Qué imposible sería la vida si el Señor no estuviera con nosotros.

 

II. San Pablo “gloria” de sus debilidades—no porque la debilidad es glorioso, sino porque en las debilidades es donde el poder de Cristo se manifiesta en una forma más visible. Lo más vulnerables que somos, es más probable que busquemos el refugio en Dios. Cuando somos más débiles, experimentamos aún más la potencia de la gracia de Dios. En 2008, lo experimenté personalmente cuando pasé 28 días para el tratamiento de mi alcoholismo y adicción. Mi vida nunca había estado en tal caos, nunca había sido tan bajo. Al mismo tiempo, yo nunca experimentó la presencia del Señor más profundamente. Su gracia era suficiente. Vivir como discípulo de Jesús es una afirmación audaz.

El camino cristiano no es para mostrar lo fuerte que somos, sino si estamos lo suficientemente débiles. Mientras que nuestra impotencia—y nuestros miedos, fracasos, ansiedades e inseguridades—puedan parecer “espinas clavadas en la carne”, pueden ser nuestro camino hacia la salvación.

 

III. Me alegro de las debilidades… Prefiero gloriarme de mis debilidades…porque cuando soy más débil, soy más fuerte.

 

Se dice todo.
s/s: Michael Buckley, Richard Rohr

 

Homilia, 27 de mayo, 2018

 

I. Mi profesor de piano, Philip Lillestol, no le gustaba que otros lo llamaban “maestro”; insistía que era alguien que “desarrollaba talento”. Creía que cada posibilidad musical ya estaba dentro de nosotros sus estudiantes. Fue una aventura para él a descubrir, identificar y desarrollar el sonido, habilidad y voz singular de cada alumno, permitiendo a cada uno ser el artista fuimos creados para ser. Señor Lillestol era un pianista brillante —y excéntrico. Si estábamos disfrutando una clase especialmente productiva, cancelería el resto de clases, enviarme a “Ralph & Jerry’s” para un pollo asado y té helado (al que añadiría una buena cantidad de vodka), y trabajaríamos hasta tarde de la noche.

 

Yo no aprendí a tocar el piano “por el libro”, o por tener alguien explicarmelo. Llegué a conocer el piano a través de la pasión y la sabiduría de un verdadero discípulo del instrumento, alguien que estaba enamorada con la música. Vivía la música.

 

 

II. Ni siquiera en la solemnidad de la Santísima Trinidad aventuramos en la alturas de la teología dogmática y la filosofía. Las escrituras de hoy no intenten una explicación de Dios. Más bien, registran las acciones de Dios, el encuentro real de las personas con Él. Aquí está la homilía de Moisés:
¿Hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, una cosa tan grande como ésta? ¿Se oyó algo semejante? ¿Qué pueblo ha oído sin perecer, que Dios le hable desde el fuego, como tú lo has oído? ¿Hubo algún dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro pueblo, a fuerza de pruebas, de milagros y de guerras, con mano fuerte y brazo poderoso? ¿Hubo acaso hechos tan grandes como los que, ante sus propios ojos, hizo por ustedes en Egipto el Señor su Dios? Reconoce, pues, y graba hoy en tu corazón que el Señor es el Dios del cielo y de la tierra y que no hay otro.

 

III. Así también, los primeros cristianos no tenían una doctrina de la Trinidad. Lo que los conmovió no era una comprensión de Dios, pero su experiencia de Dios. En Jesucristo, se reunieron con el amor de Dios cara a cara. Su comunión por medio del Espíritu Santo fue otra encarnación de ese amor divino. Lo que constituye la Iglesia, su esencia, su latido, es la extensión de ese amor, de la comunión divina del Padre, del Hijo y del Espíritu. No nos enseñamos lo que es la Santa Trinidad sino la vivimos cuando nos ofrezcamos al uno al otro la alegría y una bienvenida. Cuando la comunidad cristiana—cuando ésta comunidad parroquial—practica la hospitalidad, la generosidad y el sacrificio, imitamos a Dios Trino, y hacemos Dios visible y palpable.

 

“Yo estaré con ustedes todos los días”, dice Jesús, “hasta el fin del mundo”. Sólo si somos sus testigos. Sólo si vivimos Jesús.

 

Homilia, 20 de mayo, 2018

 

I. A veces tenemos que esperar. Y esperar. Y esperar.

 

Los discípulos estaban reunidos en el cuarto de una casa esperando, hasta el día de Pentecostés. Ellos tuvieron que esperar cincuenta días—siete semanas—después de la resurrección de Jesús, no tenían idea de lo que el futuro les tenía preparado. Esperaron por una revelación que les dijera que es lo que deberian de hacer, dependían totalmente de la efusión del Espíritu. No iban a hacer nada hasta la venida del Espíritu Santo.
Y en el día cincuenta, el Espíritu vino. Lo que más sorprendió a la multitud que los observaba no era el alboroto con el viento fuerte y las lenguas de fuego, sino el hecho de que aunque cada uno hablaba en un lenguaje diferente, aquellos que estaban escuchando esto lo entendieron en su propio idioma.

 

Tuvimos un momento de Pentecostés aquí en la fiesta de la Ascensión la semana pasada y nuestra misa de la unidad. No importó el idioma, sino el Credo, o el Padre Nuestro, o nuestros “Ay-mens” o “Ah-mens”, nos comprendimos entre nosotros. Fue un momento que celebró la verdad de nuestra misión a ser un lugar seguro, amoroso, y santo donde todos están invitados a comprender, reconocer y vivir en la presencia de Dios.

 

II. El predicador de Harvard, Peter Gomes, nos dice que, con la venida del Espíritu en Pentecostés, la diversidad dejó de ser una maldición y se convirtió en una bendición. El poder del Espíritu va más allá de las diferencias étnicas y de nacionalidad y creó un entendimiento, una unidad, una comunión entre los pueblos que no ha eliminado ni disminuido su diversidad. Al admitir que el Espíritu es dado a todos, que todos fueron “hechos para beber de un mismo Espíritu”, los pueblos de la Iglesia se convirtieron en más de lo que había sido. Comenzaron a comprender que Dios quería que todos ellos participaran en su plan, cada uno haciendo un aporte único e irremplazable.

 

III. El filósofo y teólogo, Pierre Teilhard de Chardin, escribe,

Llegará el día en que, después de utilizar el éter, los vientos, las mareas, la gravitación, vamos a capturar para Dios las energías del amor. Y, en ese día, por segunda vez en la historia del mundo, los seres humanos han descubierto el fuego.

 

Agregar a nuestra declaración de misión: Utilizaremos para Dios las energías de amor, y descubriremos el fuego.
s/s: Mary McGlone, Jim Wallis

Homilia, 13 de mayo, 2018

I. El letrero en frente de la escuela vecina, la secundaria de Franklin, dice que no celebrará una graduación, sino una “promoción” en junio. Como una faceta del misterio pascual, el misterio de la Ascensión es una fiesta de la promoción de Jesús. Su misión y ministerio terminado, y bien hecho, él toma su asiento a la diestra de Dios.

 

II. Eventualmente, nosotros también seremos promocionados e ir a donde Jesús ha ido. Pero, mientras tanto, nos dicen, como los Apóstoles, no miremos tan fijamente en los cielos. La Ascensión es un momento decisivo. Es el momento en que Jesús entregó su misión y ministerio a sus discípulos. Al recordarlo, es un momento en que nosotros, también los discípulos de Jesús, podemos recordarnos de nuestra misión y ministerio. Nuestra declaración de la misión de la parroquia de la Ascensión dice que estamos comprometidos a ofrecer un lugar seguro, amoroso y santo donde todos están invitados a comprender, reconocer y vivir la presencia de Dios. Estamos encargados a utilizar el poder de Jesús dentro de nosotros en el mundo, a dirigir nuestros ojos, no hacia arriba, sino hacia los rostros de los que sufren y están cansados, y a caminar con ellos hacia un “lugar mejor”, un lugar marcado por la curación y la libertad y que trasciende la única vida que han conocido. De allí, seguimos juntos hasta que estemos todos promocionados para llegar a nuestro destino final, “un lugar aún mejor”.

 

III. En mi niñez, cuando estaba aprendiendo a andar en bicicleta, mi mamá o papá estaba allí para estabilizar la bici, hasta que aprendí a balancearme mientras que pedaleaba y manejaba. Yo confiaba en su mano fuerte y de apoyo, sin el cual, me volvía a caer y chocar. Por fin llegó ese viaje trascendental cuando mi papá quitó su mano, y descubrí, por primera vez, que el equilibrio y el poder que estaba en su mano podía encontrarse en mi propio cuerpo.

 

Al encontrar en nuestros propios cuerpos el equilibrio y el poder de la mano de Dios (para que seamos verdaderos discípulos de Jesús) : Esa es la gracia de la Ascensión.

 

Homilia, 6 de mayo, 2018

 

I. Es la temporada de las primeras comuniones: 41 de nuestros jóvenes vinieron a la mesa eucarística por primera vez ayer y hoy. En el retiro de estos jóvenes, hablamos del propósito de la eucaristía. Ellos aprendieron que venimos a misa cada domingo para estar fortalecidos con Jesús mismo en la Palabra de Dios, por nosotros en la asamblea, y especialmente en el Cuerpo y Sangre, para ir de aquí para amar a Dios y a los demás durante la semana.

 

Precisamente en el evangelio de hoy, escuchamos la exhortación de amarnos los unos a los otros. Recuerda que Jesús estuvo hablando a sus amigos justo después que él había lavado sus pies en la noche antes de morir. Este amor de que habla se trata de la amistad. Según San Tomás de Aquino, la amistad es la forma más elevada de amor, y es la relación no muy común que Jesucristo modela para nosotros: la capacidad de dar la vida por otros—y no sólo por la familia o los mejores amigos, sino a todos sin excepción.

 

San Pedro promueve esta misma idea en otras palabras: “Dios no hace distinción de personas”: el amor es para todos. Aunque es poco probable que voy a estar obligado a dar la vida por alguien:

• ¿Puedo dar mi mente, dejando a lado mis opiniones, por amar a alguien?
• ¿Puedo dar mi corazón, dejando a lado mis propios deseos, por amar al otro?
• ¿Puede dar mi alma, dejando de lado mis necesidades, por amar a un amigo?

 

II. Jesús nos ha ofrecido su amistad y ha creado un puente entre el maestro y el siervo, entre el divino y el humano.

Además, Él ha escogido a nosotros para ir al mundo y hacer el mismo. Cada uno de nosotros es un vínculo en una cadena del amor—del Padre a Jesús, Jesús a nosotros, de nosotros a otros. Los pobres, los oprimidos, los excluidos—gente de nuestra propia comunidad—solamente se conocerán a si mismos como tesoros y gracia si les consideramos como tesoros y gracia. Para el cristiano que entiende esto, no hay razón para aferrarse a la vida y el amor como si fueran productos escasos, y no hay la necesidad de ser codo. La vida en y con Cristo Jesús es abundancia inconmensurable. “La vida abundante” es el lema de Ascensión. ¿Quién hoy conocerá esta abundancia a través de nuestra amistad y amor?

 

Homilia, 29 de abril, 2018

 

I. Mi padre murió hace tres meses. Su salud, para alguien que tenía 96 años de edad, fue notable, disminuyendo sólo en los últimos meses. Cuando se mudó a un hogar de ancianos, tuvimos muchas oportunidades para conversaciones buenas, pero a veces difíciles. Al final, cuando él era más confundido, me dijo algo que nunca olvidaré. Me dijo, “Cuando no estás aquí, no sé quién soy.” “Cuando no estás aquí, no sé quién soy.”

 

II. Hoy, en el evangelio de San Juan, Jesús nos presenta con una imagen bien viva de la vid y sus sarmientos. La vid no sería la vid, no existiría la vid, sin los sarmientos: la vid es sus sarmientos. Somos unidos con Jesús. Como cristiano, por supuesto, yo no existiría sin Jesús. Lo más profundo de mí es Cristo. Cuando no estoy conectado a Jesús, no sé quién soy.

 

III. Igual de verdad, sin el uno al otro—sin nuestra comunidad cristiana—no podríamos saber quiénes somos. Nuestra comunidad de la Ascensión, y nuestra comunidad del norte de Minneapolis, nos dan nuestro propósito. Nuestra declaración de misión afirma que honramos a las personas como son, que somos acogedores y cuidándonos unos a otros; vivimos en gratitud con el respeto y la reciprocidad; y estamos involucrados en nuestra comunidad. El cristianismo no es un asunto privado entre Jesús y yo. El encuentro con Jesucristo siempre es entrelazado en nuestros encuentros con los demás. La celebración eucarística domingo tras domingo deshace la ilusión que podemos vivir nuestras vidas sin otros; así como la ilusión de que ellos pueden hacerlo por su propia cuenta. Nos involucramos en nuestra comunidad por conocer y amar a nuestros vecinos. Nos involucramos en nuestra comunidad por rodear a nuestros hermanos inmigrantes con amor, interés y ayuda en estos tiempos difíciles. Nos involucramos en nuestra comunidad domingo tras domingo para dar y recibir un apoyo esencial.

 

Es precisamente por eso que pido SU apoyo esencial HOY después de misa, para que podamos dejar saber a las candidatas del comisionado del Condado de Hennepin quienes somos y nuestras preocupaciones del vecindario de la Ascensión y sus familias. Los comisionados tienen mucho poder en determinar las prioridades en como el condado gasta los dólares nuestros de los impuestos, y nuestras candidatas necesitan escuchar de nosotros acerca de nuestro dolor y sufrimiento del pasado y presente, y nuestro deseo por política que apoya en vez de aterroriza a los inmigrantes.

 

No podemos lograr nuestros propósitos si estamos separados del Señor o los demás. “Sin mí,” dice Jesús hoy, “no pueden hacer nada”. Sin él, no sabemos quiénes somos.

Homilia, 22 de abril, 2018

 

I. Padre Klaus Demmer fue mi profesor de teología moral en la Universidad Gregoriana en Roma. Era tranquilo y tímido, un hombre diminutivo en el gran salón de conferencias. Un día, justo cuando sonó la campana para la clase y los estudiantes estaban poniéndose cómodos, un compañero sentado a mi lado señaló a Padre Demmer en el podio y dijo, “Mira sus labios”. “¿Qué?” respondí. “Simplemente mira sus labios”. Y antes de comenzar su clase, el profesor dijo algo, un par de palabras, bajo su aliento. Por mi parte, yo nunca lo habría notado: es obvio que él no querría que nadie lo oyera o viera. Más tarde, aprendí que este teólogo brillante comenzaba cada una de sus clases con las palabras, “Cari amici”—italiano para “Queridos amigos”. Ese acto pequeño y tierno revelaba el respecto y afecto que sentía por sus alumnos. “Queridos amigos”. Sólo dos palabras y todavía estoy hablando de ellas 37 años más tarde.

 

II. En nuestras comunidades, incluso en la Iglesia, hay personas que pueden ser desestimadas, ignoradas y excluidas, abiertamente o sutilmente, y llegan a creer ellos mismos indignos de esta comunión, “excomulgados”, fuera del alcance del amor de Dios. Jesús querría, por supuesto, que todos aquellos que fueron “nadies” en los ojos del mundo a saber que El les amaba: las “otras ovejas que no son de este redil”, el extraño, “el excomulgado”. Jesús querría darles el respecto, el afecto y la preocupación que siempre tiene por los inmigrantes y marginados. Entregando su vida por nosotros, Jesús demuestra que somos los amados de Dios, y Él nos da un modelo para defender a aquellos en los márgenes. El amor de Dios para nosotros no es un sentimiento: es nuestro estado constante e incondicional.

 

No hay nada que podemos hacer para deshacer el amor de Dios. Pertenecemos al pastor; pertenecemos a Dios. Nada ni nadie nos puede arrebatar de la mano de Dios.

 

III. Si los niños, e incluso los adultos, escuchen que son buenos, que son suficientes, que son dignos del amor de Dios y a ser parte de esta comunidad, quizá llegarán a creerlo. Hemos venido aquí para aprender y recordar el uno al otro, de que pertenecemos a Dios. Aquí nuestra identidad como hijos de Dios—nuestra identidad principal y más fundamental—está formado, profundizado y alimentado.

Aquí, y en cada encuentro, Jesús susurra cariñosamente, “Cari amici”—“Queridos amigos”. “Miren,” dice san Juan, “que lo somos”.

 

 

Homilia, 25 de marzo, 2018

 

I. En todos los relatos de la pasión de Jesús,
nos dicen que Pedro siguió a Jesús (cita), “a una distancia”. Pedro tuvo miedo.
Las mujeres acompañaron a Jesús por todo el camino hasta la cruz, pero allí, estaban mirando, “desde una distancia”. Viendo desde allí era probablemente todo lo que podían aguantar.

 

II. ¿Vamos a seguir a Jesús hasta la cruz, para que podamos aprender de él cómo sufrir y morir por la verdad?, ¿cómo sufrir y morir el uno por el otro?, ¿cómo sufrir y morir? ¿O miraremos desde una distancia?

 

III. No hay cristianismo auténtico aparte de la cruz.

En otras palabras, no hay cristianismo auténtico “desde una distancia”.

 

 

Homilia, 4 de marzo, 2018

 

I. La palabra “detox” tiene un nuevo sentido en los últimos años. Hay el té verde, o productos como “la Limpieza todopoderosa” o “OxyFlush”, una desintoxicación bien diseñado para limpiar nuestro cuerpo de cualquier impureza o contaminante.

 

El evangelio de hoy describe algo de una “Limpieza todopoderosa” cuando Jesús limpia el templo de los comerciantes y el ganado. Tener las ovejas, bueyes y palomas en un espacio sagrado no eran el problema. Jesús estaba furioso porque los comerciantes estaban vendiendo estas necesidades de culto a precios exorbitantes, explotando y robando a los pobres. Jesús usa la ocasión no sólo para purificar el Templo, pero para reubicarlo, y redefinirlo. En Jesús, ya no necesitamos viajar a un lugar sagrado para el encuentro con Dios, porque Jesús es el nuevo templo, el lugar donde Dios y la humanidad se encuentran. A partir de ahora, el lugar preeminente del encuentro con Dios, el templo, es él mismo.

 

II. Jesús nos ha confiado su legado “escandaloso”, haciéndonos los portadores de su presencia divina, templos de su Espíritu. Encuentros con el Dios vivo son los encuentros que tenemos unos con otros.

 

III. Antes de cualquier conocimiento de él, fuimos creados en la imagen de Dios, impresa con la imagen de Dios en nuestras profundidades. En la Cuaresma, empezamos de nuevo, refrescamos y renovamos nuestra relación con Dios. Nosotros desintoxicamos—es decir limpianos—nuestros cuerpos y corazones: los sagrarios donde Dios y la humanidad se encuentran. Ser activos y deliberados en nuestro amor a Dios, al practicar la justicia y el cuidado de nuestro vecino, es la conducta apropiada para alguien que tiene el privilegio de estar tan relacionado con Dios: la dignidad de encarnar en nuestro corazón la ley escrita por Dios. Al hacerlo, debemos convertirnos en el cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu de Dios, el lugar preeminente del encuentro con Cristo. Esto, en las palabras de San Pablo, puede ser un “escándalo” para algunos y “locura” para los demás. Pero, para los llamados, para nosotros, es la fuerza y la sabiduría de Dios.