Ascension Church

Homilías

Homilia, 29 de abril, 2018

 

I. Mi padre murió hace tres meses. Su salud, para alguien que tenía 96 años de edad, fue notable, disminuyendo sólo en los últimos meses. Cuando se mudó a un hogar de ancianos, tuvimos muchas oportunidades para conversaciones buenas, pero a veces difíciles. Al final, cuando él era más confundido, me dijo algo que nunca olvidaré. Me dijo, “Cuando no estás aquí, no sé quién soy.” “Cuando no estás aquí, no sé quién soy.”

 

II. Hoy, en el evangelio de San Juan, Jesús nos presenta con una imagen bien viva de la vid y sus sarmientos. La vid no sería la vid, no existiría la vid, sin los sarmientos: la vid es sus sarmientos. Somos unidos con Jesús. Como cristiano, por supuesto, yo no existiría sin Jesús. Lo más profundo de mí es Cristo. Cuando no estoy conectado a Jesús, no sé quién soy.

 

III. Igual de verdad, sin el uno al otro—sin nuestra comunidad cristiana—no podríamos saber quiénes somos. Nuestra comunidad de la Ascensión, y nuestra comunidad del norte de Minneapolis, nos dan nuestro propósito. Nuestra declaración de misión afirma que honramos a las personas como son, que somos acogedores y cuidándonos unos a otros; vivimos en gratitud con el respeto y la reciprocidad; y estamos involucrados en nuestra comunidad. El cristianismo no es un asunto privado entre Jesús y yo. El encuentro con Jesucristo siempre es entrelazado en nuestros encuentros con los demás. La celebración eucarística domingo tras domingo deshace la ilusión que podemos vivir nuestras vidas sin otros; así como la ilusión de que ellos pueden hacerlo por su propia cuenta. Nos involucramos en nuestra comunidad por conocer y amar a nuestros vecinos. Nos involucramos en nuestra comunidad por rodear a nuestros hermanos inmigrantes con amor, interés y ayuda en estos tiempos difíciles. Nos involucramos en nuestra comunidad domingo tras domingo para dar y recibir un apoyo esencial.

 

Es precisamente por eso que pido SU apoyo esencial HOY después de misa, para que podamos dejar saber a las candidatas del comisionado del Condado de Hennepin quienes somos y nuestras preocupaciones del vecindario de la Ascensión y sus familias. Los comisionados tienen mucho poder en determinar las prioridades en como el condado gasta los dólares nuestros de los impuestos, y nuestras candidatas necesitan escuchar de nosotros acerca de nuestro dolor y sufrimiento del pasado y presente, y nuestro deseo por política que apoya en vez de aterroriza a los inmigrantes.

 

No podemos lograr nuestros propósitos si estamos separados del Señor o los demás. “Sin mí,” dice Jesús hoy, “no pueden hacer nada”. Sin él, no sabemos quiénes somos.

Homilia, 22 de abril, 2018

 

I. Padre Klaus Demmer fue mi profesor de teología moral en la Universidad Gregoriana en Roma. Era tranquilo y tímido, un hombre diminutivo en el gran salón de conferencias. Un día, justo cuando sonó la campana para la clase y los estudiantes estaban poniéndose cómodos, un compañero sentado a mi lado señaló a Padre Demmer en el podio y dijo, “Mira sus labios”. “¿Qué?” respondí. “Simplemente mira sus labios”. Y antes de comenzar su clase, el profesor dijo algo, un par de palabras, bajo su aliento. Por mi parte, yo nunca lo habría notado: es obvio que él no querría que nadie lo oyera o viera. Más tarde, aprendí que este teólogo brillante comenzaba cada una de sus clases con las palabras, “Cari amici”—italiano para “Queridos amigos”. Ese acto pequeño y tierno revelaba el respecto y afecto que sentía por sus alumnos. “Queridos amigos”. Sólo dos palabras y todavía estoy hablando de ellas 37 años más tarde.

 

II. En nuestras comunidades, incluso en la Iglesia, hay personas que pueden ser desestimadas, ignoradas y excluidas, abiertamente o sutilmente, y llegan a creer ellos mismos indignos de esta comunión, “excomulgados”, fuera del alcance del amor de Dios. Jesús querría, por supuesto, que todos aquellos que fueron “nadies” en los ojos del mundo a saber que El les amaba: las “otras ovejas que no son de este redil”, el extraño, “el excomulgado”. Jesús querría darles el respecto, el afecto y la preocupación que siempre tiene por los inmigrantes y marginados. Entregando su vida por nosotros, Jesús demuestra que somos los amados de Dios, y Él nos da un modelo para defender a aquellos en los márgenes. El amor de Dios para nosotros no es un sentimiento: es nuestro estado constante e incondicional.

 

No hay nada que podemos hacer para deshacer el amor de Dios. Pertenecemos al pastor; pertenecemos a Dios. Nada ni nadie nos puede arrebatar de la mano de Dios.

 

III. Si los niños, e incluso los adultos, escuchen que son buenos, que son suficientes, que son dignos del amor de Dios y a ser parte de esta comunidad, quizá llegarán a creerlo. Hemos venido aquí para aprender y recordar el uno al otro, de que pertenecemos a Dios. Aquí nuestra identidad como hijos de Dios—nuestra identidad principal y más fundamental—está formado, profundizado y alimentado.

Aquí, y en cada encuentro, Jesús susurra cariñosamente, “Cari amici”—“Queridos amigos”. “Miren,” dice san Juan, “que lo somos”.

 

 

Homilia, 25 de marzo, 2018

 

I. En todos los relatos de la pasión de Jesús,
nos dicen que Pedro siguió a Jesús (cita), “a una distancia”. Pedro tuvo miedo.
Las mujeres acompañaron a Jesús por todo el camino hasta la cruz, pero allí, estaban mirando, “desde una distancia”. Viendo desde allí era probablemente todo lo que podían aguantar.

 

II. ¿Vamos a seguir a Jesús hasta la cruz, para que podamos aprender de él cómo sufrir y morir por la verdad?, ¿cómo sufrir y morir el uno por el otro?, ¿cómo sufrir y morir? ¿O miraremos desde una distancia?

 

III. No hay cristianismo auténtico aparte de la cruz.

En otras palabras, no hay cristianismo auténtico “desde una distancia”.

 

 

Homilia, 4 de marzo, 2018

 

I. La palabra “detox” tiene un nuevo sentido en los últimos años. Hay el té verde, o productos como “la Limpieza todopoderosa” o “OxyFlush”, una desintoxicación bien diseñado para limpiar nuestro cuerpo de cualquier impureza o contaminante.

 

El evangelio de hoy describe algo de una “Limpieza todopoderosa” cuando Jesús limpia el templo de los comerciantes y el ganado. Tener las ovejas, bueyes y palomas en un espacio sagrado no eran el problema. Jesús estaba furioso porque los comerciantes estaban vendiendo estas necesidades de culto a precios exorbitantes, explotando y robando a los pobres. Jesús usa la ocasión no sólo para purificar el Templo, pero para reubicarlo, y redefinirlo. En Jesús, ya no necesitamos viajar a un lugar sagrado para el encuentro con Dios, porque Jesús es el nuevo templo, el lugar donde Dios y la humanidad se encuentran. A partir de ahora, el lugar preeminente del encuentro con Dios, el templo, es él mismo.

 

II. Jesús nos ha confiado su legado “escandaloso”, haciéndonos los portadores de su presencia divina, templos de su Espíritu. Encuentros con el Dios vivo son los encuentros que tenemos unos con otros.

 

III. Antes de cualquier conocimiento de él, fuimos creados en la imagen de Dios, impresa con la imagen de Dios en nuestras profundidades. En la Cuaresma, empezamos de nuevo, refrescamos y renovamos nuestra relación con Dios. Nosotros desintoxicamos—es decir limpianos—nuestros cuerpos y corazones: los sagrarios donde Dios y la humanidad se encuentran. Ser activos y deliberados en nuestro amor a Dios, al practicar la justicia y el cuidado de nuestro vecino, es la conducta apropiada para alguien que tiene el privilegio de estar tan relacionado con Dios: la dignidad de encarnar en nuestro corazón la ley escrita por Dios. Al hacerlo, debemos convertirnos en el cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu de Dios, el lugar preeminente del encuentro con Cristo. Esto, en las palabras de San Pablo, puede ser un “escándalo” para algunos y “locura” para los demás. Pero, para los llamados, para nosotros, es la fuerza y la sabiduría de Dios.

 

 

Homilia, 18 de febrero, 2018

 

I. Mi padre falleció hace 20 días. He estado inundado con recuerdos de él—desde que era joven e inocente, hasta que era no-tan-joven o inocente. Estaba feliz en los buenos tiempos, y estaba fiel a su familia en los días difíciles: a través de la enfermedad y las adicciones, divorcio, decepciones, y la muerte. A pesar de todas estas luchas y más, mi papá, por lo largo que puedo recordar, a menudo declaró que si él muriera ese día, habría tenido una buena vida.

 

II. Jesús luchaba. Hoy oímos que el Espíritu le “impulsó” al desierto, donde tenía que enfrentar tentaciones, bestias salvajes, y Satanás. Este tipo de sufrimiento no es algo que buscamos o deseamos. No buscamos oportunidades para luchar: generalmente uno está empujado a hacerlo. Aunque Dios no causa nuestro sufrimiento, el Espíritu puede usar estos desafíos para enseñarnos algo. Porque es en nuestros límites, cuando somos más débiles, donde nos encontramos el poder y la promesa de Dios. Allí aprendemos, por último, que nada nos separa del amor de Dios, que Dios no nos suelta la mano. La vida siempre está desarrollándose para que tengamos conciencia y aceptación de nuestra pobreza, la condición esencial de nuestra capacidad de recibir a Dios. Jesús sabía esa. Fue en medio de sus tentaciones y luchas que los ángeles ministraron a él.

 

III. El teólogo Stanley Hauerwas dice que el sufrimiento no es un problema que necesita una solución, sino un problema práctico que requiera una respuesta. En otras palabras, en la cara del dolor, no es necesaria una explicación, sino el amor. Jesús no resuelve el misterio del sufrimiento, pero inició una “comunidad de atención”, una comunidad en la cual aquellos que sufren y aquellos que no sufren están unidos una a otro, una comunidad que absorbe el sufrimiento y sostiene la sufriente, y que permite una vida fiel a pesar del dolor y mal. El ministerio de traer una vida nueva a los enfermos y caídos, de ser una “comunidad de cuidarnos unos a otros” se nos ha sido confiado. Este ministerio se encarna en nosotros, está realizado a través de nosotros. Yo he experimentado esta “comunidad de cuidarnos unos a otros” de primera mano con ustedes que han llegado a consolarme sobre la muerte de mi padre.

 

Hay dos tipos de personas en una comunidad de fe: los que sufren, y quienes que consuelan. Dependiendo del día, somos el uno o el otro. ¿Cuál eres tú hoy?

 

s/s: David Lose

Homilia, 25 de febrero, 2018

La semana pasada, visité una clase de tercer grado en la escuela. Hablamos de los nombres y su significado revelador.

 

El nombre “Jesús” significada: “Dios salva”. Sara y Abraham dieron a su hijo el nombre de “Isaac”. Significa “la risa”. Su concepción fue una sorpresa ya que Sara tuvo 90 años y Abraham tuvo 100, y Sara se rió.

 

Nunca en sus sueños descabellados pensaba Sara tener un bebé a su edad. Tampoco en sus pesadillas peores podía haber previsto Abrahán la tortuosa entrega que Dios le había pedido de él: sacrificar su hijo. Ese no fue el futuro mirado de él, y su esposa y su hijo llamado “la risa,” el niño de sus sueños. ¿No es revelador que hemos llamado a los jóvenes que vinieron a este país con sus padres, “Soñadores”, “Dreamers”? Mientras crecían, pensaban que eventualmente habría un camino para la ciudadanía, aunque tomaba mucho tiempo. Había tanta esperanza que los legisladores harían algo a su favor porque hay tanto apoyo para ellos. Sin embargo, nuestra sistema legislativa les ha fallado. Hay barreras a sus sueños. Al mismo tiempo, ellos rechazan legislación mala, y esto es lo que los propósitos de la semana pasada fueron porque no tomaron en cuenta la situación de sus seres queridos, usualmente sus padres, quienes han hecho sacrificios tremendos y terribles para que su familia tenga una vida más digna.

 

Pero Dios tiene la última palabra. Aunque Abraham renunció al celebrar en su heredero único, le concedió herederos “incontables como las estrellas del cielo y las arenas de la orilla del mar”. Es posible que se nos solicite a renunciar a nuestro futuro, sólo para ser ofrecido otro futuro posible. Esto no es hacerse ilusiones, pero de fe profunda y de probada. Pedro, Santiago y Juan fueron más capaces de bajar abajo al valle después de su emocionante experiencia en la montaña. Han capturado una visión del Señor resucitado, y eso fue suficiente para verlos a través del sufrimiento y la lucha que experimentarían. Jesús vino para que nos muestre todos los sufrimientos resultan en nueva vida, todo muriendo resulta en la resurrección. No sólo hay una posibilidad de que Dios intervendrá en nuestro futuro: contamos con él. Y aquella intervención significa que NOSOTROS necesitamos ser instrumentos del poder de Dios para establecer el reino de Dios aquí y ahora.

 

Como trabajamos para mantener unidas a las familias inmigrantes, que pueden los soñadores, a pesar de su lucha, siguen soñando echen un vistazo al Señor Resucitado entre nosotros. Que podamos ser inspirado por todos aquellos que se atreven a esperanza contra todas las probabilidades, desafiando cualquier amenaza para hacerlos caer. Ese es el verdadero y el cuerpo resucitado de Cristo. Después de todo, dice San Pablo, “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra?”
s/s: Diane Bergant

Homilia, 11 de febrero, 2018

 

I. En los evangelios, escuchamos varios cuentos acerca de Jesús y sus encuentros con leprosos. ¿Quiénes son y cómo es ser un leproso? Estas personas tenían una enfermedad de la piel donde pudra la carne y deja las personas desfiguradas y con manchas blancas en su piel. Leprosos fueron echados de sus familias y comunidades y declarados impuros. Sin embargo, Jesús deja que les acerca aún sabiendo de su condición física y espiritual.

 

El verbo griego en el evangelio de hoy para descubrir su emoción—splanchnizomai—es traducido, “se compadeció”. Splanchna son intestinos, entrañas, tripas. Jesús conocía el dolor del leproso visceralmente; lo sentía en sus entrañas.
Por tenerle compasión, pagó un precio. Después que él se acerca y toca al leproso, Jesús tiene que dejar la ciudad: sus planes cambian, su vida se interrumpe. Tuvo que esconderse en “lugares solitarios”. De hecho, él cambia posiciones con el leproso, se convierte en un marginado.

 

II. Jesús no solamente ofrece una mano al leproso, sino que comparte el sufrimiento del otro, se une su sufrimiento con él. Así es con nosotros. Si elegimos entrar a áreas donde sufren seres humanos, nosotros también sufriremos. Por el cristiano y la comunidad cristiana, ser compasivo—que literalmente significa, “sufrir con”—es una oportunidad para ponerse más profundamente en comunión con otros y con Jesucristo: es una ocasión privilegiada de gracia.

 

En su exhortación, La alegría del evangelio, Papa Francisco exige que la Iglesia sane por tener contacto personal y directo. Escribe,

Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos lugares personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a la distancia de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo.
III. Hoy, les invito a una reunión de la parroquia que tendremos en la mañana del sábado, 24 de febrero donde vamos a discernir juntos lo que serán nuestras prioridades pastorales para los próximos meses. Los valores que guían nuestra planificación presumen que nosotros, como una parroquia multicultural, tenemos la oportunidad única –
la llamada – para afrontar y trabajar activamente para erradicar la plaga del racismo; para acompañar y defender a ustedes, nuestros hermanos inmigrantes. Necesitamos oír sus historias para entender quienes somos.
Si estamos unidos con los pobres económicos, espirituales o de cualquier pobreza, vamos a pagar un precio. Si nos ponemos de pie con el inmigrante, habrán consecuencias. Si decidimos dejar a lado cualquier privilegio que disfrutamos como el color de piel, posición social, o tener papeles, nuestra vida será complicada. Vamos a sentir el dolor del otro en nuestras entrañas. El sufrimiento nunca es agradable, y siempre incómodo, pero al estar unidos con Cristo y sus pobres amados es lo que ser un pueblo.

 

Favor de orar y decidir a participar con nosotros el 24 de febrero. ¡Necesitamos su perspectiva y voz!

 

Homilia, 21 de enero, 2018

 

I. Siempre estoy asombrado con la ingenuidad y creatividad de las personas que pueden crear algo de la nada: convierten una botella plástica a un instrumento, o una hoja de papel a una flor. Se hacen algo útil de los desperdicios, de lo insignificante para la mayoría de la gente.

 

Hoy, Dios es el Creador de algo de la nada. Aunque los cuatro pescadores que dejaron todo para seguir a Jesús son dignos de elogio, el punto clave de la historia es el milagro que hace Jesús: crea fe donde no había nada, y hace discípulos donde, hace un momento atrás, no había ninguno. Jesús aparece, lo miraron los pescadores, y el resto es historia. Tan irresistible es la voz de Jesús, su llamada, que los hombres no se centran en lo que están dejando sino a quien están siguiendo. No fijan en lo que se han perdido sino lo que se han encontrado. Con su decisión a seguirle a Jesús, sus vidas comienzan a fluir en la misma dirección de Dios, sus voluntades se unen a la de él. Llegan a ser otros Cristos: un milagro.

 

II. En esta cultura estadounidense, casi todas las actividades de nuestras vidas se miden por cuán talentosos estamos, si estamos lo suficientemente buenos, lo suficientemente fuertes. Pero para ser un discípulo, para ser otro Cristo, no es una cuestión de ser lo suficientemente fuerte sino lo suficientemente débil. Tenemos que estar dispuestos a aceptar nuestras limitaciones y permitir que otros nos sostengan y empoderen, para que todos se miren la gracia de Dios en nosotros; que los movimientos de Dios se manifiesten a través de nosotros. Tenemos que ser suficientemente débiles para permitir que nuestras voluntades junten con la voluntad de Dios. Los cristianos que nos fascinan, los “pescadores de pueblo” más eficaces —el Papa Francisco, Beato Oscar Romero, Martin Luther King, Jr.—actúan por un espíritu más allá de sus propios espíritus.

 

III. Como los cuatro primeros discípulos, estamos aquí porque hemos encontrado a Jesús y hemos escuchado su mensaje llamador. A pesar de que somos imperfectos, somos discípulos de Jesucristo. Escribe el cardenal Newman,

 

Dios me ha creado para que le preste un servicio determinado; me dio algún trabajo que él no ha asignado a otra…Yo voy a hacer el bien. Haré su trabajo… Si estoy enfermo, que mi enfermedad le sirva; desconcertado, que mi desconcierto le sirva; si estoy en la tristeza, que mi tristeza le sirva.

 

Podríamos añadir, “Si estoy con temor, que mi temor le sirva; que mi adicción, mi cáncer, mi depresión le sirvan; que mi parálisis e impotencia le sirvan.” “Tengo mi misión”, dice Newman, “Tengo una pieza de una gran obra”. Similarmente, cada uno de nosotros tiene una misión. Cada uno de nosotros tiene una pieza única para ayudar a crear el Reino de los Cielos aquí en la tierra.

 

h/t: Michael Buckley, Barbara Brown Taylor

 

 

Homilia, Navidad 2017

 
I. La primera Navidad que pasé aquí en la Ascensión, me encontraba todavía como extranjero. Solamente llevaba cinco meses aquí, y todavía me sentía como un lugar nuevo y entre gente mayormente desconocida. Yo estaba ansioso aquí, no conocía su cultura y sus prácticas, no conocía su idioma, no sabía de ustedes. No me sentía preparado, fuera de lugar, un extranjero. Un gringo. Yo no tenía idea de cómo iba a ser acogido, si yo estaría bienvenido. Estaba tocando puertas desconocidas. ¿Encontraría posada? Casi no podía absorber la acogida tan calurosa que me dieron. Mientras sigo aprendiendo su cultura y sus prácticas, su idioma, y siguiendo a conocerte, he experimentado en este lugar, en esta “posada”, “Entre, peregrino. Le hemos estado esperando.”

 

II. “Entre, peregrino. Le hemos estado esperando.” ¡Qué palabras dulces! Esta noche, como los cristianos han hecho por casi 2.000 años, nosotros volvemos a contar la historia definitiva del encuentro e inmigración: Dios en Jesús cruza la brecha entre el cielo y la tierra. Con una acción brillante, Dios pone su tienda entre los pastores: gente pobre, marginada, errante. Jesús encuentra su lugar entre aquellos, como él mismo, que podrían quedarse fuera en el frío.

 

III. Y hay otra historia de encuentro e inmigración que se cuenta en estos días: su historia. Muchos de ustedes en nuestra comunidad viven lejos de sus países de origen, y en temor. En vez de encontrar leyes justas de inmigración, y un camino hacia la residencia o la ciudadanía, sufren la amenaza de deportaciones masivas, de que mamás y papás están alejados de sus hijos, que familias buenas y santas están siendo desgarradas. Tal como el hizo hace mucho tiempo, y como siempre ha sido, Jesús encuentra su lugar entre estas personas, al igual que él, entre ellos para quien no hay ningún espacio, entre quienes que podrían quedarse fuera en el frío: los pobres, los marginados, los errantes. Encarnado en ellos, y en ustedes, Jesús se acerca de nuevo, buscando un hogar.

 

IV. Con todo el privilegio que tengo como hombre blanco, sacerdote, y una situación económica estable, es difícil entender la profundidad del miedo y la consternación que ustedes, mis hermanos inmigrantes, experimentan. Para encontrar alguna medida de compasión, sólo necesito prestar atención al herido y vago en mí mismo, esa parte de mí que está atemorizada e incierto e inquieto, dislocado, no completamente cómodo, dejado en el frío: esa alma atribulada que anhela por la misericordia y la comprensión y el refugio. Así, puedo empezar a estar en la solidaridad con ustedes, mis queridos amigos.

 

V. Al enfrentar aquello que nos preocupa y nos pone a prueba, que nos asusta y duele, encontramos nuestra esperanza aquí en el relato, una y otra vez, de la historia definitiva de Jesús. La decisión de Dios a compartir la vida humana desde sus inicios significa que no hay nada en nuestras vidas desconocido a Dios. Tan cierto como que Dios busca un hogar en nosotros, encontramos en él nuestro hogar. “Entra, peregrino”, Jesús dice. “Te he estado esperando”.

 

s/s: Anne Attea, Daniel Groody

Homilia, 24 de deciembre, 2017

 

Llega Navidad, pero aún tenemos una oportunidad más para compartir este último momento del Adviento con María. Es el momento para prepararnos para el próximo capítulo de esta historia encantadora.

 

El místico del siglo XIV, Meister Eckhart, escribe,

Todos estamos destinados para ser Madres de Dios.
¿De qué sirve para mí si este nacimiento eterno del Hijo divino tiene lugar sin cesar, pero no tiene lugar dentro de mí mismo? Y, ¿qué bueno es para mí si María es llena de gracia si no yo soy también lleno de gracia? ¿Qué bueno es para mí por el Creador da a luz a su hijo si no también yo doy a luz a él en mi tiempo y mi cultura? Este es, pues, la plenitud del tiempo: cuando el Hijo del hombre es engendrado en nosotros.

 

Este es, pues, la plenitud del tiempo: es el momento cuando Jesús nace de nuevo en nosotros.