There are storms, and then there are storms. In my lifetime, there have been a couple of biggies: the Fridley tornado in ‘65 and the Halloween blizzard of ‘91. When that snowstorm struck, I was safe and sound in St. Paul, snuggled down at St. Joseph’s Hospital. I was being treated for depression. There are storms, and then there are storms.
Certain storms can bring us to our knees, pushing us beyond our capacity, overwhelming familiar coping strategies. Such an episode is what St. John of the Cross calls “the dark night.” We find ourselves disoriented, at sea, navigating with no walls to touch or follow, without even a sliver of light under a door as a guide, in the dark, not knowing whether our next treacherous step will land on solid ground or take us down a flight of stairs.
The dark night may be dreadful, but for John, it’s not sinister: it saves us. In the end, it’s only when we’re plunged into some suffering, some storm that rearranges life as we’ve known it, do we, at last, surrender, allowing ourselves to be taken where we would not and could not go on our own. We encounter the Beloved in the dark of night. “Oh, night that guided me,” John writes, “Night more lovely than the dawn.”
“Lord, save me!” we cry with Peter. Jesus has one word: “Come.” We are saved from the storm with a single treacherous step, sinking into our one and only Savior.
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Hay tormentas, y luego están las tormentas. En mi vida, ha habido un par de tormentas grandes: el tornado de Fridley en el ‘65 y la tormenta de nieve de Halloween del ‘91. Cuando esa nevada llegó, yo estaba a salvo en St. Paul, acurrucado en el Hospital St. Joseph. Me estaban tratando por depresión. Hay tormentas, y luego están las tormentas.
Ciertas tormentas pueden hacernos caer de rodillas, empujándonos más allá de nuestra capacidad, abrumando estrategias de rencillas familiares. Un episodio así es lo que San Juan de la Cruz llama “la noche oscura”. Nos encontramos desorientados, perdidos, navegando sin paredes que tocar o seguir, sin ni siquiera un rayo de luz bajo una puerta que nos guíe, en la oscuridad, sin saber si nuestro próximo paso traicionero caerá en tierra firme o nos llevará por una escalera.
La noche oscura puede ser horrible, pero para Juan no es siniestra: nos salva. Al final, es solo cuando nos sumergimos en algún sufrimiento, en alguna tormenta que reorganiza la vida tal como la hemos conocido, que finalmente nos rendimos, permitiéndonos ser llevados a lugares a los que no podríamos ir por nuestra cuenta. Encontramos al Amado en la oscuridad de la noche. “Oh, noche que me guiaste”, escribe Juan, “Noche más hermosa que el amanecer.”
“¡Sálvame, Señor!” gritamos con Pedro. Jesús tiene una sola palabra: “Ven.” Nos salvamos de la tormenta con un paso traicionero, hundiéndonos en nuestro único y verdadero Salvador.