Prior to 1962 and the reform of the liturgy, the Christmas season only came to an end today, giving us 40 days of Christmas, not a measly 12, to ponder the great mystery of the Incarnation. Today, the prophet Simeon says, “Now, Master, you may let your servant go in peace.” In other words, “Now I can die a happy man.” Simeon had waited his entire life for a Savior and now, at last, he cradles the Word-made-Flesh, a bundle of humanity and divinity, in his arms. Today’s feast is a bonus: like Simeon, we get another chance to hold Jesus in our arms. And, likewise, how we desperately need Jesus to embrace and hang onto us.
So, let’s recall what we celebrated just 40 days ago. The Incarnation, the enfleshment of Jesus Christ, is not a theological concept but a transformational event that once and for all sanctifies humanity, giving common flesh uncommon dignity. By becoming one of us, God declared every human being sacred, every life worthy of love and belonging, revealing that we are infinitely more than we thought we were: vessels of the Divine, tabernacles, Christ-bearers. St. Symeon the New Theologian writes that Christ “awakens as the Beloved in every last part of our body.”
And so, in the name of Jesus Christ, we must stand against anything that compromises human dignity as we are painfully witnessing these days in the maltreatment of our immigrant brothers and sisters. As Christ-bearers we must act in the name of God when white supremacy rears its evil, ugly head, as it is doing these days in this country.
In a homily for this feast, the late South African Archbishop Desmond Tutu, says that God’s incarnation in Jesus means that,
God loves us with a love that will not let us go, a love that loved us before we were created, a love that loves us now, a love that will love us forever, world without end. A love that says of each single one of us: “I love you, you are precious and special to me, I love you as if you were the only human being on earth…I take you very seriously…I love you, I love you, I love you.”
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Antes de 1962 y de la reforma de la liturgia, el tiempo de Navidad solo llegaba a su fin hoy, dándonos 40 días de Navidad, no unos míseros 12 días para reflexionar sobre el gran misterio de la Encarnación. Hoy, el profeta Simeón dice: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo”. En otras palabras: “Ahora puedo morir feliz”. Simeón había esperado toda su vida a un Salvador y ahora, por fin, acuña la Palabra-hecha-carne, un manojo de humanidad y divinidad, en sus brazos. La fiesta de hoy, entonces, es una ventaja: como Simeón, tenemos otra oportunidad de tener a Jesús en nuestros brazos. Y cómo lo necesitamos desesperadamente en estos días para que se aferre a nosotros.
Así que recordemos lo que celebramos hace apenas 40 días. La Encarnación de Jesucristo no es un concepto teológico, sino un acontecimiento transformador que santifica de una vez por todas a la humanidad, dando a la carne común una dignidad poco común. Al convertirse en uno de nosotros, Dios declaró sagrado a cada ser humano, cada vida digna de amor y pertenencia, revelando que somos infinitamente más de lo que pensábamos que éramos: vasos de lo Divino, tabernáculos, portadores de Cristo. San Simeón, el nuevo teólogo, escribe que Cristo “despierta como el Amado en cada una de las partes de nuestro cuerpo”.
Y así, en el nombre de Jesucristo, debemos oponernos a cualquier cosa que comprometa la dignidad humana, como estamos viendo de manera más dolorosa en estos días en el maltrato de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes. Como portadores de Cristo, debemos actuar en el nombre de Dios cuando la supremacía blanca aparece en toda su fealdad, como lo está haciendo en estos días en este país y más allá.
En una homilía para esta fiesta, el difunto arzobispo sudafricano Desmond Tutu, dice que la encarnación de Dios en Jesús significa que,
Dios nos ama con un amor que no nos dejará ir, un amor que nos amó antes de que fuéramos creados, un amor que nos ama ahora, un amor que nos amará para siempre, por los siglos de los siglos. Un amor que dice de cada uno de nosotros: “Te amo, eres precioso y especial para mí, te amo como si fueras el único ser humano en la tierra…Te tomo muy en serio…Te amo, te amo, te amo”.