I was with one of our First Communion classes yesterday, and the lesson was about being made in God’s image. It included a short video on Rosa Parks, a hero in the Civil Rights movement. These days, whether it’s racial equity or the deportation of immigrants, we may find ourselves holding out for a hero such as she, thinking ourselves ill-suited for the mission. After all, even the great prophet Isaiah says today, “I am a man of unclean lips,” and St. Paul says, “I am not fit to be called an apostle,” and St. Peter: “I am a sinful man.”
Simon Peter’s faults and frailties are well-documented. At times, he seems limited and weak. In other words, he’s human. Likewise, it’s out of our mundane and ordinary lives that God calls us, the limited and weak, with all ourfaults and frailties. Jesus calls us not in spite of our weakness, but because of our weakness, a reality that compels us to rely on a strength beyond our own. When we follow Jesus’ directive to “put out into deep water,” we find that, as St. Catherine of Genoa put it, “My deepest me is God!” God strengthens us from the inside out. In the face of terrifying government threats, knowing one’s rights as a citizen can rescue us from paralyzing fear. Knowing one’s dignity as a Christian, a Christ-bearer, does likewise.
In his second letter to the Corinthians, St. Paul writes that, “We are afflicted in every way possible, but we are not crushed; full of doubts, we never despair. We are persecuted but never abandoned; we are struck down but never destroyed.” God’s glory is enfleshed in fragile human containers, “earthen vessels,” to make clear such surpassing power can only come from God. In the end, it’s not whether we’re heroic, well-suited, or strong. The Christian’s superpower is weakness.
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Ayer estaba con algunos niños que están preparándose para hacer su Primera Comunión, y la lección fue sobre ser hecho a la imagen de Dios. Incluía un breve video sobre Rosa Parks, una heroína estadounidense en el movimiento por los derechos civiles. En estos días, ya sea por la equidad racial o la deportación de inmigrantes, es posible que nos encontremos esperando a una heroína como ella, pensando que no somos adecuados para la misión. Después de todo, incluso el gran profeta Isaías dice hoy: “Soy un hombre de labios impuros”, y San Pablo dice: “Soy indigno de llamarme apóstol”, y Pedro: “Soy un pecador”.
Las faltas y debilidades de Pedro están bien documentadas. Es limitado y débil. En otras palabras, es humano. Del mismo modo, es de nuestras vidas mundanas y ordinarias que Dios nos llama a nosotros, los limitados y débiles, con todas nuestras faltas y debilidades. Jesús nos llama no a pesar de nuestra debilidad, sino a causa de ella, obligándonos a confiar en una fuerza más allá de la nuestra. Cuando seguimos la directriz de Jesús de “lleva la barca mar adentro”, encontramos que, como dijo Santa Catalina de Génova, “¡Mi yo más profundo es Dios!” Dios nos fortalece de adentro hacia afuera. Frente a las aterradoras amenazas gubernamentales, conocer y ejercer nuestros derechos como ciudadanos puede rescatarnos del miedo paralizante. Conocer y ejercer la propia dignidad como cristiano, como portador de Cristo, hace lo mismo.
En su segunda carta a los Corintios, San Pablo escribe que: “Estamos afligidos de todas las maneras posibles, pero no somos aplastados; Llenos de dudas, nunca nos desesperamos. Somos perseguidos pero nunca abandonados; Somos derribados, pero nunca destruidos”. La gloria de Dios está encarnada en frágiles recipientes humanos, “vasos de barro”, para dejar en claro que tal poder incomparable solo puede provenir de Dios. Al final, no se trata de si somos heroicos, bien adaptados o fuertes. El superpoder del cristiano es la debilidad.