In these hallowed days we rehearse one of the most consoling mysteries of our faith: the communion of saints. The prayer of the Church declares that, in dying, life is changed, not ended. As we remember and pray for and talk to the dead, they remember and pray for and talk with us. The conversation goes on. But the communion of saints not only concerns our connection with those who have died. It is our spiritual and mystical union with all the baptized, both dead and living. Baptism binds us with a bond that cannot be undone. The waters of baptism are thicker than blood.
The Book of Revelation today describes a great multitude from every nation, race, people, and tongue who have survived a time of great distress. I can’t help but think of our community and our recent experience of Operation Metro Surge. When our immigrant brothers and sisters were traumatized, and our children terrified, when families couldn’t leave their homes to work or shop or take out the recycling, we witnessed a response quite beyond empathy. Pope Francis would call the forceful response a “mystical movement”: not fundamentally a political or ideological campaign, but a response rising out of our spiritual and mystical union with one another—as if our very body was being attacked and wounded. Because, of course, it was. The crisis did not form a union among us but made the communion that already existed apparent. It was a sacramental moment, something more than it appeared to be: God’s grace in visible form, the Word made flesh, Jesus incarnate in acts of love and solidarity.
Because the threat to our immigrant members persists, these holy days inspire us to be likewise persisting in our accompaniment and compassion, the hallmarks of those in communion with one another. While many saints are extraordinary individuals who do extraordinary things, most saints are ordinary people who, especially in times of great distress, simply do not abandon one another: unwilling, unable to shake off the thicker-than-blood waters of baptism. The communion of saints is the resurrection of the body and life everlasting here and now.
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En estos días sagrados recordamos uno de los misterios más consoladores de nuestra fe: la comunión de los santos. La oración de la Iglesia declara que, al morir, la vida se transforma, no termina. Al recordar, rezar y hablar con los difuntos, ellos también nos recuerdan, rezan y hablan con nosotros. La conversación continúa. Pero la comunión de los santos no solo se trata de nuestra conexión con los que han fallecido . Es nuestra unión espiritual y mística con todos los bautizados, tanto vivos como muertos. El bautismo nos une con un vínculo que no se puede deshacer. Las aguas del bautismo son más espesas que la sangre.
El Libro de Apocalipsis hoy describe a una gran multitud de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas que han pasado por una gran persecución. No puedo evitar pensar en nuestra comunidad y en nuestra reciente experiencia con ICE. Cuando ustedes hermanos y hermanas inmigrantes estaban traumatizados, y nuestros niños aterrorizados, cuando no podían salir de sus casas para trabajar, hacer compras o sacar el reciclaje, fuimos testigos de una respuesta que iba mucho más allá de la empatía. El Papa Francisco llamaría a la respuesta contundente un “movimiento místico”: no fundamentalmente una campaña política o ideológica, sino una respuesta que surge de nuestra unión espiritual y mística entre nosotros, como si nuestro propio cuerpo estuviera siendo atacado y herido. Porque, claro, lo estaba. La crisis no creó una unión entre nosotros, sino que hizo evidente la comunión que ya existía. Fue un momento sacramental, algo más de lo que parecía: la gracia de Dios en forma visible, la Palabra hecha carne, Jesús encarnado en actos de amor y solidaridad.
Porque la amenaza hacia ustedes, nuestros miembros inmigrantes, persiste, estos días santos nos inspiran a todos a también persistir en nuestro acompañamiento y compasión, las señas de identidad de quienes están en comunión unos con otros. Mientras que muchos santos son individuos extraordinarios que hacen cosas extraordinarias, la mayoría de los santos son personas comunes que, especialmente en tiempos de persecución, simplemente no se abandonan entre sí: incapaces de desprenderse de las aguas del bautismo más espesas que la sangre. La comunión de los santos es la resurrección de la carne y la vida eterna aquí y ahora.